Un poco menos canallas

Un poco menos canallas

 

Alfonso Villalva P.

 

A Claudio Naranjo, entrañable ser, querido amigo

 

“… Qué es lo que usaremos, para llenar los espacios vacíos…” planteaba el colega Roger Waters, antes de encarnar esta versión moderna que se observa en él en sus giras estrambóticas donde las protestas las confecciona ahora sobre lienzos o globos en forma de cerdos gigantes, apoyadas por alaridos que incluyen maldiciones y blasfemias, normalmente secundados por seguidores musicales que se mantienen muy ajenos a las letras de sus canciones y las circunstancias que les dieron origen.

 

La pregunta incluida en su obra The Wall lanzada al público en 1979, parece ser que ha sido escuchada y cantada por miles de individuos de varias generaciones, sin que muchos hayan reparado en el acertijo que encierra, y mucho menos se hayan reconocido como destinatarios directos de la cuestión.

 

Siendo todos ya un producto trasnochado del modelo patriarcal de educación, formación y pertenencia a los núcleos básicos de la conformación social, revoloteamos entre la detracción a las formas e instituciones que nos llenan de ataduras, pero pocas respuestas, y planteamos acaso menos acciones para reconocer al individuo como centro de la acción social, política y económica, para llenar, precisamente, esos espacios vacíos que se ahondan conforme avanzamos en la era post industrial, en la maravillosa y cálida hegemonía de la información.

 

Somos rebeldes y escandalizantes pues cuestionamos y ridiculizamos los dogmas con los que a final de cuentas fuimos construidos, los cuales no desaparecen por el simple hecho de blasfemar contra ellos. Abrimos las heridas sociales sin contar con un antiséptico que pueda intentar una sanación, sino que las dejamos expuestas a mayores y peregrinos contaminantes exacerbando la infección, alejándonos de nosotros mismos y sangrándonos en la reconformación de nuestros tejidos humanos y luego sociales.

 

Hemos sustituido las convicciones mono o politeístas con nuevos y peregrinos dioses llamados dinero, poder, figura fitness, fama. Nos canibalizamos y nos hincamos ahora en idolatría a imágenes y figurines totalmente ajenos y desprovistos de significado, pero que resuenan en el duermevela de nuestra consciencia como una tabla de salvación indolora, más bien anestesiadora, que de una u otra forma nos hará flotar hasta la otra orilla de nuestra existencia, quizá sin jamás haber comprendido quiénes somos, a qué venimos y qué podemos realizar.

 

El establishment que sistemáticamente colocaba un nuevo tabique en el muro que nos condicionaba a ser un producto en serie con similares gustos, pareceres, aficiones y sentimientos, logró transformar inexorablemente a la gran masa que integramos tu y yo, en una fábrica de tabiques que se auto impone muros, creyendo, de manera ilusa, que conquista la libertad por haber decidido soberanamente colocar el tabique correspondiente.

 

Dice la conceja popular inglesa:  freedom cannot be separated from personal responsibility -la libertad no puede desvincularse de la responsabilidad personal-, y quizá es lo que hemos hecho en los últimos veinte años, transformándonos en unos menores de edad con pretensiones de adulto, victimizados por la falta de oportunidad que se ha vuelto ausente, merced a nuestro fracaso de construirla con nuestras manos, en asociación con otros, sin distingos ni envidias.

 

Muchos años de cuidar lo políticamente correcto y reinterpretar sin rigor técnico el laissez faire, laissez passer, desprovistos de autocrítica y crítica social, dejándole de llamar a las cosas por su nombre y proclamando que todo se vale, sin reglas, sin límites, sin la frontera del derecho de los demás, de tu derecho primero que nada a ser lo que verdaderamente pudieras, quisieras, soñarías con ser.

 

Lo más probable es que ni con canciones de Waters y Gilmour, ni convocatorias roqueras de cualquier especie vamos a cambiar este mundo, lo sé. Pero también me queda claro que esta condición superficial de canallas individualistas, acostumbrados a ver la desgracia y encerrados en la negación propia, en el sistema educativo que nos cauteriza las terminales nerviosas y la sensibilidad, sustituyendo el amor con indiferencia; esta condición, decía, es el terreno menos propicio para evolucionar.

 

Quizá no cambiemos el mundo, correcto, no aquí, no ahora, pero al menos, si nos descubrimos revolucionarios de nuestro yo, podemos aspirar, podemos coincidir, podemos convenir, en hacer algo diferente para ser, acaso, un poco menos canallas…

 

Twitter: @avillalva_

 

Facebook: Alfonso Villalva P.

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